Mi abuelo me enseñó a buscar secretos entre las estrellas.
Entre las estrellas y los libros. Y en la música que el cantaba.
Miraba continuamente al cielo, rastreando el horizonte como si allá, a lo lejos, se hallara la felicidad.
Como si todos los sueños se hicieran realidad en una mirada.
Y mirábamos en la misma dirección.
Me hizo creer que juntos llegaríamos al mar de la Vía Láctea, que el crepúsculo nos convertiría en dioses de las sombras, que el despertar de la
la hierba sería un brotar sin final en la existencia.-
El atardecer nos atrapaba, en su encanto, atándonos dulcemente a la noche, con los ojos siempre colgados de las estrellas.
El pueblo en el que vivíamos no tenía secretos, ni rincones que no se nos
abrieran y mostraran esplendorosos cada madrugada, como un regalo inesperado
y gratuito.
La risa resbalaba por la piel como un bálsamo que todo lo curaba y que nos
protegía contra los maleficios del mundo.
Mi abuelo me contaba de su pueblo, al sur de Italia, ponía colores, ladrones al acecho de los ricos para darle a los pobres.
La Campiña y el Adriático, sus historias y mi nombre.
Ese nombre que tanto me gusta de heroína romántica de novela.
Nombre que después de vagar por tantos libros aprendí a querer.
Nada importaba, nada nos hacía daño, nadie podía contra nosotros.
Un halo de luz nos envolvía secreto e invisible, sólo compartido por nuestros ojos que eran cómplices y compañeros del camino elegido.
No teníamos mapas, ni rutas escritas para seguir, sólo el norte de nuestras
miradas que buscaban y se reconocían sin brújula.
Los libros que me leía hablaban de lo mismo.-
El cielo , las estrellas. las risas.-
La quinta de verduras prolijamente ordenada en colores y sabores.- Y olores.
Los tomates que yo me comía verdes a la hora de la siesta. La higuera a la que me trepaba , las colmenas.
El olor de su pan recién horneado, la tierra mojada, el agua corriendo por la canaleta que hacíamos cortando latas y atándolas con alambre....
Todo era un sentido. La vista, el olfato, el gusto, el oído.
Una fiesta danzante de ritmos sin igual.
Entre las hierbas del verano se fue agotando la esperanza, fueron secándose los brotes frescos con el bochorno que hería la mente y la piel.
Se agrietaban los labios, las manos se resecaban y escocían con dolor.
Las caricias se resquebrajaban a medio camino de la intensión.
La luna planeaba con su sombra ausente sobre las espaldas, y crecían hacia ella, los desencantos, las lágrimas que brotaban aún sin lluvia, un desbordamiento seco de la conciencia que dolía sin reparos.
Era la vida que buscaba otros caminos, se iba por otros andamios.
Sólo de a ratos, el canto de las palabras, que reían aún en los labios,
saltaban con las notas de una música que se rebelaba a morir, que luchaba por seguir viviendo en el aire de las bocas que lo hicieron nacer como un trino de gorrión que, ya mojado y cansado, no puede más.
Y sólo en su gorjeo quiere morir.
Solo y aterido.
Fuego fatuo y vano de un canto de verano.
Faltaba un pedazo de luna en el corazón.
Faltaba el abrazo en el cuerpo, había dejado un hueco grande en el pecho, por la herida que llegó del cielo, esa estrella fugaz que pasó dejando a su paso una estela de vacío y tristeza.
Al mirar al cielo sólo un agujero negro absorbió la alegría, tragó las
ilusiones y el mañana.
La mente enferma en su propia sombra se rompió, hizo añicos la bóveda
celeste, como si de un cromo se tratara.
El alarido de los sentimientos luchaba y seguía adelante, rebelándose contra
un destino gris y macabro.
Él me enseñó a buscar la felicidad entre las estrellas. El me enseño las
palabras en los libros que amaba.
Las cadenas del lazarillo de los sueños, apaleado por los hechizos ausentes
de luna, chirriaban cada día con más fuerza, oxidaban las muñecas y llenaban
de aserrín el corazón, que cada vez huía, se escapaba con más fuerza,
buscando siempre en las estrellas.
No sabía muy bien dónde estaba la felicidad, pero sí sabía, estoy segura de
ello, que la encontraría algún día.
Por eso ahora, todavía, sigo rastreando la luna en el cielo y en cada noche
intuyo la felicidad cerca de las estrellas.
Lady Marianne, para siempre en la memoria del abuelo Ludovico
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Faby
Entre las estrellas y los libros. Y en la música que el cantaba.
Miraba continuamente al cielo, rastreando el horizonte como si allá, a lo lejos, se hallara la felicidad.
Como si todos los sueños se hicieran realidad en una mirada.
Y mirábamos en la misma dirección.
Me hizo creer que juntos llegaríamos al mar de la Vía Láctea, que el crepúsculo nos convertiría en dioses de las sombras, que el despertar de la
la hierba sería un brotar sin final en la existencia.-
El atardecer nos atrapaba, en su encanto, atándonos dulcemente a la noche, con los ojos siempre colgados de las estrellas.
El pueblo en el que vivíamos no tenía secretos, ni rincones que no se nos
abrieran y mostraran esplendorosos cada madrugada, como un regalo inesperado
y gratuito.
La risa resbalaba por la piel como un bálsamo que todo lo curaba y que nos
protegía contra los maleficios del mundo.
Mi abuelo me contaba de su pueblo, al sur de Italia, ponía colores, ladrones al acecho de los ricos para darle a los pobres.
La Campiña y el Adriático, sus historias y mi nombre.
Ese nombre que tanto me gusta de heroína romántica de novela.
Nombre que después de vagar por tantos libros aprendí a querer.
Nada importaba, nada nos hacía daño, nadie podía contra nosotros.
Un halo de luz nos envolvía secreto e invisible, sólo compartido por nuestros ojos que eran cómplices y compañeros del camino elegido.
No teníamos mapas, ni rutas escritas para seguir, sólo el norte de nuestras
miradas que buscaban y se reconocían sin brújula.
Los libros que me leía hablaban de lo mismo.-
El cielo , las estrellas. las risas.-
La quinta de verduras prolijamente ordenada en colores y sabores.- Y olores.
Los tomates que yo me comía verdes a la hora de la siesta. La higuera a la que me trepaba , las colmenas.
El olor de su pan recién horneado, la tierra mojada, el agua corriendo por la canaleta que hacíamos cortando latas y atándolas con alambre....
Todo era un sentido. La vista, el olfato, el gusto, el oído.
Una fiesta danzante de ritmos sin igual.
Entre las hierbas del verano se fue agotando la esperanza, fueron secándose los brotes frescos con el bochorno que hería la mente y la piel.
Se agrietaban los labios, las manos se resecaban y escocían con dolor.
Las caricias se resquebrajaban a medio camino de la intensión.
La luna planeaba con su sombra ausente sobre las espaldas, y crecían hacia ella, los desencantos, las lágrimas que brotaban aún sin lluvia, un desbordamiento seco de la conciencia que dolía sin reparos.
Era la vida que buscaba otros caminos, se iba por otros andamios.
Sólo de a ratos, el canto de las palabras, que reían aún en los labios,
saltaban con las notas de una música que se rebelaba a morir, que luchaba por seguir viviendo en el aire de las bocas que lo hicieron nacer como un trino de gorrión que, ya mojado y cansado, no puede más.
Y sólo en su gorjeo quiere morir.
Solo y aterido.
Fuego fatuo y vano de un canto de verano.
Faltaba un pedazo de luna en el corazón.
Faltaba el abrazo en el cuerpo, había dejado un hueco grande en el pecho, por la herida que llegó del cielo, esa estrella fugaz que pasó dejando a su paso una estela de vacío y tristeza.
Al mirar al cielo sólo un agujero negro absorbió la alegría, tragó las
ilusiones y el mañana.
La mente enferma en su propia sombra se rompió, hizo añicos la bóveda
celeste, como si de un cromo se tratara.
El alarido de los sentimientos luchaba y seguía adelante, rebelándose contra
un destino gris y macabro.
Él me enseñó a buscar la felicidad entre las estrellas. El me enseño las
palabras en los libros que amaba.
Las cadenas del lazarillo de los sueños, apaleado por los hechizos ausentes
de luna, chirriaban cada día con más fuerza, oxidaban las muñecas y llenaban
de aserrín el corazón, que cada vez huía, se escapaba con más fuerza,
buscando siempre en las estrellas.
No sabía muy bien dónde estaba la felicidad, pero sí sabía, estoy segura de
ello, que la encontraría algún día.
Por eso ahora, todavía, sigo rastreando la luna en el cielo y en cada noche
intuyo la felicidad cerca de las estrellas.
Lady Marianne, para siempre en la memoria del abuelo Ludovico
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Faby

1 comentario:
Que bello mi Faby, me gusta esa manera de hablar del abuelo, te quiero reina.
Ya pronto te vere.
lluvia
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